Epidemia en los arrecifes de coral

Epidemia en los arrecifes de coral

Una enfermedad de propagación rápida presenta una amenaza letal hacia los corales de Puerto Rico

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En el Balneario del Escambrón, en la costa de San Juan, la capital de Puerto Rico, el océano espumoso se mece con el viento. Las algas de color verde oscuro florecen y se agitan entre las olas como nubes grandes que se confunden entre sí. El cielo está nublado y pesado—como si se acercara. Es la temporada de huracanes. El agua fría del Océano Atlántico nos alcanza mientras nos preparamos para bucear con equipo pesado. Somos un grupo diverso de buceadores principiantes torpes, preparados con nuestro nuevo equipo. Justo cuando comienza a llover, el buceador profesional, conocido como divemaster, indica que nos bajemos y, entre las olas agitadas, nos sumergimos en las profundidades de la bahía.

Bajo la superficie, todo está tranquilo. Utilizamos nuestras aletas largas para impulsarnos hacia una maraña de algas que se encontraba más abajo. El fondo del océano está lleno de desechos plásticos, basura que llega a causa de la economía turística que impulsa a la ciudad de arriba.

Unos minutos después de habernos sumergido, a través del agua turbia, veo un coral cerebro. Una mitad del coral esférico es de color marrón intenso y tiene una apariencia saludable, está ranurado y elaborado como un cerebro humano que descansa en el fondo del océano. La otra mitad, sin embargo, es blanca como un fantasma. Una colonia antigua de corales está siendo invadida por lesiones causadas por tejido enfermo.

Esta es la primera vez que veo en la costa Boricua algo que ya es común: arrecifes parcialmente devorados por la enfermedad más letal que actualmente afecta a los corales en el Caribe.

 

Los científicos no están seguros de qué causa la SCTLD, pero saben que rápidamente está diezmando los arrecifes de Puerto Rico. La ilustración anterior muestra un ecosistema de arrecife de coral infectado. Ilustración por Alexander Lebron.

Durante los últimos años, la enfermedad de la pérdida de tejido de coral duro (SCTLD, por sus siglas en inglés) ha ido devorando rápidamente los corales formadores de arrecifes. Esta enfermedad fue identificada oficialmente por primera vez en los arrecifes de Puerto Rico en noviembre del 2019, poco antes de que comenzaran a surgir los primeros casos del nuevo coronavirus en Wuhan, China. Y, del mismo modo que la COVID-19, la SCTLD está dejando su huella. Esta enfermedad afecta a los corales más longevos y a los que más lento crecen, y se está propagando por el Caribe a un ritmo alarmante. En Puerto Rico, los científicos marinos han sido testigos de la muerte de miles de corales y han hecho todo lo posible para detener la propagación de la SCTLD. Durante los últimos dos años, los científicos han monitoreado los arrecifes, han intentado determinar cómo se propaga la enfermedad, han tratado los corales enfermos y han trabajado para restaurar los arrecifes deteriorados. En el verano del 2021, el gobernador de Puerto Rico, Pedro Pierluisi, declaró un estado de emergencia ecológica por los arrecifes moribundos, una medida que nunca se había tomado anteriormente en los Estados Unidos. Como consecuencia de esta declaración, un millón de dólares fueron asignados para mitigar esta crisis.  

Para los ecólogos de arrecifes de coral, como Fabiola Rivera Irizarry, que han estado investigando la propagación de la SCTLD desde finales del 2019, estos recursos eran más que bienvenidos. En mayo del 2021, escribió un artículo de opinión para el periódico local El Nuevo Día en el cual describió la enfermedad contagiosa como “una pandemia en el arrecife”. (Aunque, técnicamente, la propagación de la SCTLD aún está en su fase epidémica). “Esta es una enfermedad letal”, me dijo en octubre.

“Un coral de 500 años, un coral de mi tamaño, puede morir en cuestión de meses, en cuestión de semanas. Como bióloga marina, para mí es muy triste ver cómo estos corales enormes están muriendo a un ritmo tan rápido. Es impactante, porque estoy viendo el coral morir en mis manos”.

Una mañana soleada, durante el pasado mes de octubre conocí a Rivera Irizarry en Vega Baja, en la costa norte de Puerto Rico. Aceptó mostrarme un sitio de monitoreo donde había estado rastreando los corales afectados por la SCTLD. Irizarry trabaja para la Sociedad Ambiente Marino de Puerto Rico (SAMPR), una organización que ha estado estudiando la distribución espacial territorial y demográfica de la enfermedad en los corales duros a través de tres municipios de Puerto Rico. Ella se ha encargado de visitar y cuidar cientos de corales cada mes por más de un año y ha presenciado directamente la destrucción causada por la SCTLD. En gran medida, Irizarry y sus colegas de la SAMPR son la razón por la cual el gobierno declaró un estado de emergencia y asignó fondos para proteger a los corales que quedan en el archipiélago puertorriqueño. Cuando llegamos a la entrada de la playa, detrás de un bosque de palmeras en un barrio bastante escondido, el viento otoñal soplaba con fuerzas sobre el mar. Irizarry contempló el océano y explicó que quizá no tuviera sentido meterse al agua porque había poca visibilidad y el clima estaba malo.

En vez, nos sentamos en la playa y hablamos de lo que ella cariñosamente denomina como “sus” corales. “Digo mis corales porque trabajo en la región”, dijo mientras sonreía orgullosamente. Este sentido innato de responsabilidad y gestión es característico de Irizarry. Su cuenta de Instagram es “@faveolata”, un juego de palabras con su nombre, Fabiola, y una alusión a su especie de coral favorita: el coral estrella montañoso (Orbicella faveolata). La mayoría de las veces, Irizarry publica fotos de ella misma en el campo rodeada de agua turquesa y paisajes marinos increíbles. Para ella, su trabajo como científica marina es una oda al océano que rodea las islas tropicales.

"Mi primer recuerdo de la infancia que tiene que ver con el océano es estar en el agua, ver las olas ir y venir y percatarme de caparazones pequeños mientras me preguntaba de dónde venían”, dijo. A medida que pasaban los años, esa curiosidad y capacidad de asombro la impulsaron a estudiar ecología marina, a explorar “todo ese otro mundo debajo del agua que es invisible para la mayoría de la gente”.

Actualmente, Irizarry está estudiando para obtener su doctorado en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, mientras continúa esforzándose por proteger las especies de coral que son parte de este mundo oculto y tienen SCTLD .
Algunos de los corales afectados por la enfermedad son el ramillete de novia y el coral estriado. La SCTLD también afecta algunas especies en peligro de extinción, como el coral pilar, coral estrella elíptica, coral estrella montañoso —que es nativo del Caribe— y el coral cerebro simétrico, que es uno de los corales que más lento crece en el mundo hoy día. “Puede que crezcan quizá 5 milímetros en un año”, dijo Irizarry, “es decir, en un año, un coral de cerebro crece hasta el tamaño de la punta de tu uña”.

Ilustración por Alexander Lebrón

Los científicos que —como Irizarry— estudian estos arrecifes de coral tan complejos y antiguos se encuentran tanto asombrados como preocupados. Los arrecifes de coral están muriendo a causa del cambio climático a través del mundo. Las temperaturas causan el blanqueamiento y la muerte de los corales, mientras que la acidificación del océano inhibe la capacidad de crecer de los corales. Un informe reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático establece que sobre tres cuartas partes de los arrecifes de coral del mundo que se encuentran en aguas cálidas podrían desaparecer con sólo medio grado centígrado más de calentamiento global. La Gran Barrera de Coral de Australia, la estructura viva más grande de la Tierra, ya ha perdido la mitad de sus corales durante los últimos 25 años.

La SCTLD no es la única amenaza a la que se enfrentan estos corales en peligro de extinción, pero en Puerto Rico, esta enfermedad rápidamente se ha convertido en el peligro más inmediato y ha ocupado el tiempo y la energía de Irizarry desde que apareció por primera vez en las costas boricuas.

La primera vez que se detectó la SCTLD en Puerto Rico fue en noviembre 2019, cuando un ecólogo de coral descubrió colonias plagadas de la enfermedad en la Reserva Luis Peña, frente a Culebra, una isla paradisíaca al noreste de Puerto Rico. El equipo de buceo contaba con Edwin Hernández-Delgado, científico sénior de la SAMPR y profesor de biología marina de la Universidad de Puerto Rico. Pero no era la primera vez que Hernández-Delgado presenciaba la SCTLD.

Hernández-Delgado —un biólogo marino y educador apasionado— dice que la primera vez que observó los síntomas de la enfermedad en los arrecifes de Puerto Rico fue en el año 2018, cerca de la ciudad de Humacao, en la costa este del archipiélago. Cuando se encontró con corales con manchas blancas y enfermizas, supo que estaba presenciando un fenómeno que posiblemente podía tener efectos devastadores. Apenas unos años antes, en el 2014, la SCTLD apareció por primera vez al sureste de Florida. Los científicos observaron con horror cómo un coral estrella montañoso de 330 años empezó a perder su color. Luego, pedazos de tejido empezaron a desprenderse. Este coral había sobrevivido a la Revolución Industrial, varios huracanes y los impactos del desarrollo costero extenso. Una vez que contrajo esta nueva enfermedad, murió en cuestión de meses. Desde entonces, la enfermedad se ha extendido a través del 90% del Arrecife de Florida.

Hernández-Delgado trató de advertir a sus colegas sobre un posible brote de la enfermedad cuando observó síntomas similares en los corales de Puerto Rico. Les mostró fotos de corales afectados, pero le dijeron que sería imposible confirmar casos de la SCTLD sin una monitorización constante. El Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) de Puerto Rico también descartó sus preocupaciones.

"Nadie me creyó por más de un año", dijo Hernández-Delgado. Durante ese año, la enfermedad se propagó rápidamente por los arrecifes de las islas de este a oeste, arrasando entre el 40% y el 60% de las poblaciones de arrecifes de coral de Puerto Rico. Muchos de los corales afectados tienen entre 100 y 500 años. "Hay una tasa de mortalidad de corales espantosa; me refiero a que hemos perdido el 40% y el 60% de los corales vivos en menos de un año", dijo Hernández-Delgado

Las muertes que ocurrieron a gran escala en noviembre del 2019 fue la prueba irrefutable que Hernández-Delgado necesitaba para convencer a sus colegas de que la SCTLD había llegado. En la SAMPR, Hernández-Delgado formó un equipo, al cual Irizarry se unió, para estudiar los corales infectados con el fin de ayudar a los ecólogos a entender el comportamiento de la enfermedad y determinar soluciones eficaces. Irizarry compara su investigación con la pandemia mundial actual. “Si piensas en la COVID-19, cuando esta nueva variante de coronavirus surgió, antes de desarrollar las vacunas, hubo muchos científicos estudiando la enfermedad para entender cómo funciona el virus SARS-CoV-2. Hasta ahora, los científicos marinos todavía no están seguros qué causa la SCTLD, aunque muchos coinciden en que debe tener un origen bacteriano. Tampoco están seguros de cómo se propaga. Algunos investigadores han sugerido que se transporta a mayores distancias a través del agua de lastre de los barcos. Hernández-Delgado —que cree que los investigadores están demasiado enfocados en averiguar el vector en lugar de la causa— tiene otra teoría. Él afirma que a medida que la cubierta de coral se va perdiendo debido a la acidificación del océano, el vacío repentino en los arrecifes permite que florezcan más algas, lo cual resulta en más alimento para la comunidad microbiana natural del océano. A medida que mueren más corales, más algas crecen, estas siguen asfixiando a las colonias de coral y produciendo más bacterias. Según Hernández-Delgado, el brote de la SCTLD en Puerto Rico es por lo tanto el resultado de un círculo vicioso, un ciclo de retroalimentación que está cambiando la naturaleza característica de todo un ecosistema.

A pesar de los orígenes de la enfermedad, los científicos han descubierto que la amoxicilina —hasta ahora— ha demostrado ser la forma más eficaz de tratar la SCTLD. El antibiótico se mezcla con una pasta orgánica biodegradable y es aplicado directamente sobre los corales infectados. Según los investigadores de Florida, la amoxicilina tiene una tasa de efectividad para salvar a los corales de 70%-90%.

Nilda Jiménez, bióloga marina y Coordinadora del Programa de Especies Protegidas del DRNA, ha dirigido gran parte del proceso del tratamiento. “Ahora mismo, estamos dedicando mucho tiempo a simplemente ir a algunos de los arrecifes para darles tratamiento”, dijo, “para intentar salvar a la mayor cantidad posible”. Jimenez también es responsable de administrar los fondos que provienen de la declaración de emergencia del gobierno, una función que supervisa muy de cerca en la medida de lo posible. Cuando hablé con Jiménez en diciembre, estaba utilizando sus días de vacaciones para capacitar a buzos voluntarios en el tratamiento de la SCTLD con amoxicilina.
Ilustración por Alexander Lebrón
Sin embargo, utilizar un antibiótico para combatir una enfermedad de los corales tiene sus límites, por ejemplo, la logística. Se necesitan más embarcaciones, equipos y buceadores capacitados para llegar a todos los corales silvestres de Puerto Rico, especialmente los que se encuentran en las profundidades del océano. Otro factor limitador es que, luego de la aplicación original del antibiótico, a menudo es necesario emplear tratamientos de seguimiento . Simplemente no hay suficiente amoxicilina para todos. Jiménez ha tenido que identificar y tratar solamente las zonas de alta prioridad con arrecifes en Puerto Rico. Estas zonas fueron seleccionadas de acuerdo con varios factores, como la cobertura de coral y las especies presentes, las condiciones meteorológicas y la accesibilidad. Otro factor limitante es el uso de la propia amoxicilina. Aunque hoy en día los antibióticos son la opción más eficaz para tratar el SCTLD, algunas agencias gubernamentales se han opuesto a esta práctica porque están preocupados por los efectos negativos del uso de antibióticos bajo el agua, como el aumento de bacterias resistentes al tratamiento con antibióticos y la posibilidad de reducir la velocidad a la cual crecen los corales.
La SCTLD está proliferando en un mundo que hemos alterado o completamente maltratado, un mundo que es cada vez menos apto para los corales. Estas preocupaciones han influido en cómo el equipo de SAMPR puede utilizar los fondos gubernamentales. En el 2021, la SAMPR recibió una subvención (muy necesaria) de $216,000 por parte de Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica para frenar el progreso de la SCTLD en los arrecifes de Puerto Rico, pero la subvención impide a Hernández-Delgado y a su equipo utilizar estos fondos para comprar o administrar amoxicilina, el único tratamiento que ha resultado beneficioso. Los científicos también han tratado de explorar el uso de probióticos beneficiosos para intentar eliminar los patógenos bacterianos, y el epoxi clorado (un tratamiento que se utilizó para detener la enfermedad de la banda negra en Hawái). Ambas alternativas han sido menos exitosas que la amoxicilina.

Algunos científicos se han frustrado con este tipo de situación compleja que presenta tantos retos. “Aunque el estado de emergencia ya se declaró, en mi opinión, no veo que se esté tratando así”, dijo Jiménez.

Recientemente, Jiménez y sus colegas del DRNA comenzaron una “misión” de rescate de especies de coral: guardan muestras de especies individuales que se van extinguiendo y las almacenan en un banco de semillas para poder propagarlas en algún futuro. “Creo que lo que estamos haciendo es intentar guardar o tener un almacén de la menor cantidad de “semillas” que —eventualmente, una vez que pase esta catástrofe— ayudarán a las futuras generaciones”, dijo. Por otro lado, el equipo de la SAMPR también gestiona lugares de restauración donde investigadores y voluntarios trasplantan corales cultivados en viveros en tierra para intentar fomentar el crecimiento de nuevos sistemas de arrecifes donde los viejos arrecifes murieron. No obstante, mientras tanto la SCTLD sigue propagándose a través de los arrecifes: hay avistamientos recientes hasta la Parguera, en la costa suroeste de Puerto Rico.
De la misma manera que la COVID-19 ha ejercido una presión increíble sobre los hospitales y el personal sanitario a nivel global, ya los ecólogos de corales de Puerto Rico y la comunidad de conservación marina han hecho lo más que pueden para tratarla enfermedad de la pérdida de tejido de coral duro, incluso con los fondos de emergencia del gobierno. Debido a la escasez de tratamientos antibióticos, equipos de buceo y personal capacitado para combatir esta grave enfermedad, no está claro qué parte de los arrecifes de Puerto Rico podrá salvarse. En la playa de Vega Baja, Irizarry también me recordó, con un poco de tristeza, que —incluso si la SCTLD se trata exitosamente— los arrecifes de coral afrontan varios factores de estrés. Explicó que parte de su investigación de tesis es determinar cómo la contaminación y la escorrentía del agua pueden inhibir la inmunidad de los corales expuestos a la SCTLD. En otras palabras, la enfermedad prolifera en un mundo que hemos alterado o descuidado, un mundo cada vez menos apto para los corales. De esta manera, salvar a los corales de una enfermedad tan grave como la SCTLD requerirá diferentes medidas grandes y pequeñas, tales como: tratar y restaurar los arrecifes, frenar la contaminación del agua, limpiar las comunidades costeras y eliminar las emisiones de carbono. Necesitamos desarrollar y mantener un mundo en el cual los corales —al igual que la biodiversidad que depende de ellos— puedan florecer.

"Si queremos salvar los corales, todos tenemos que poner de nuestra parte para ayudar", dijo Rivera Irizarry, "no sólo los científicos".

En el fondo del océano del Escambrón, un banco de pargo de cola amarilla, endémico de estas aguas del Atlántico occidental, comenzó a seguirme. Casi parece que sienten curiosidad por mí, siguen cada uno de mis movimientos, como si quisieran entender por qué un humano visitaría estas profundidades. Sus cuerpos, pequeños y plateados, están divididos por una línea amarilla estrecha en el centro que se extiende lateralmente hacia sus aletas y colas bifurcadas. Los pargos de cola amarilla se encuentran sobre todo alrededor de los arrecifes de coral, y en los dos días que hemos estado buceando en esta parte de la bahía, los he visto por todas partes.

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Veo otro coral cerebro, este de color marrón y con una apariencia sana. Al nadar con mis amigos de cola amarilla, recuerdo que los corales también son criaturas vivas. Crecen hasta construir la base de una comunidad marina. El coral cerebro es enorme; un rompecabezas calcáreo y complejo. Nado sobre él durante tanto tiempo que las marcas de su superficie comienzan a parecerse a un mapa antiguo. Imagino que si sigues el mapa, encontrarás la fuente de todo pensamiento, o, al menos, el recuerdo de un tiempo ya olvidado.

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Gracias a David Noah Guarneri, Daniel Joyce, Cecilia Jayo, Alfredo Vincenty, Atheel Elmalik, Elizabeth Woodson, Fanny Martinez, Jorge Padilla, Lana Homeri, Thomas Hayden, Nathanael Mengist, Sandra Bravo, Amelia Glum, Phillip Krzeminski, Anna Olson, Mary Carpinelli, Robert Lebron, Kopano Ramsay, Shara Lili, Aimee Siberon, Lyla Johnston, Kevin Lebron, Nicole Boriski, Gerson Crespo, Dulce del Rio-Pineda, Jose Miguel Pacheco Gale, Lazaro Escudero, Amalia Saladrigas, Ivette Gonzalez, Erica Gonzalez, Nicolás Vitek Colon Padilla, Gabriel Rios.

One thought on “Epidemia en los arrecifes de coral”

  1. Carmelo De La Rosa Álvarez April 22, 2022 at 7:36 am

    Orgulloso de Fabiola, luchadora incansable y dedicada por proteger nuestro planeta.
    ¡Excelente reportaje!

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